Lebreles: veloces, reservados y delicados
Pertenecen a este grupo perros como el whippet, el galgo español, el galgo afgano, el borzoi, el greyhound, el Irish wolfhound, el sloughi o el saluki, entre otros.
Los lebreles constituyen uno de los tipos caninos más antiguos. Encontramos representaciones de perros de morfología similar en Mesopotamia y en el antiguo Egipto, desde donde este tipo de perro se extendió y diversificó por diferentes regiones.
A lo largo del tiempo fueron seleccionados para localizar, perseguir y capturar presas mediante la vista y la velocidad. Dependiendo del territorio y de la raza, cazaban desde liebres y gacelas hasta ciervos o lobos.
Su característica cabeza alargada o dolicocéfala se asocia a una especialización visual que favorece la percepción periférica y la detección del movimiento: cualidades particularmente útiles para localizar y seguir presas a distancia.
Entre sus impulsos más destacados se encuentran el predatorio, el exploratorio y el posesivo. Por ello, pueden mostrar conductas de acecho y persecución hacia otros animales, especialmente cuando estos aparecen de forma repentina y se alejan rápidamente.
Esto, unido a su necesidad de correr de manera explosiva, hace que una buena gestión resulte fundamental. Y cuando hablamos de gestión no nos referimos a impedir cualquier comportamiento potencialmente problemático mediante restricciones constantes. Gestionar supone prestar atención, anticiparse y crear condiciones en las que el perro pueda expresar sus necesidades sin ponerse en peligro ni poner en peligro a otros.
Necesitan disponer de oportunidades para correr con libertad en espacios amplios y seguros, mejor espacios abiertos que bosques. En las primeras etapas puede ser recomendable utilizar una correa larga y un localizador GPS, sin olvidar que ninguno de los dos sustituye la elección de un entorno adecuado. Debido a su autonomía y a la enorme emotividad que implica una persecución, la llamada puede quedar fácilmente en segundo plano cuando aparece un estímulo relevante.
Pero, aunque tengan esa necesidad de llevar a cabo carreras explosivas, muchos lebreles disfrutan enormemente pasando horas cómodamente tumbados, calentitos y en buena compañía. Es por ello que, si encuentran vías adecuadas para satisfacer sus necesidades de movimiento, exploración y carrera, pueden adaptarse muy bien a una vida urbana y tranquila.
Suelen ser perros tendencialmente introvertidos, reservados y poco inclinados a las interacciones invasivas. Una aproximación repentina, la manipulación brusca o un juego demasiado corporal pueden resultarles incómodos. Algunos también necesitan tiempo y distancia para sentirse seguros con personas desconocidas.
El adjetivo “delicados” no significa necesariamente que sean débiles. Algunas razas fueron seleccionadas para trabajar sobre terrenos difíciles y poseen una resistencia considerable. Sin embargo, muchos lebreles tienen poca protección corporal frente al frío, la humedad, los golpes y el juego rudo. También pueden ser especialmente sensibles a la presión social, al conflicto y a los ambientes excesivamente estresantes. Por ello hay que proporcionarles un lugar tranquilo en el que descansar y retirarse sin ser molestados.
Sus expresiones de afecto quizá no sean aparatosas, pero pueden ser profundas y auténticas.
En general con ningún perro, pero con estos en especial, su confianza no se obtiene mediante la imposición. Los gritos y las correcciones físicas pueden dañar seriamente la relación: no solo no les convencerán de nuestra autoridad, sino que podrán deteriorar la seguridad, la confianza y el respeto construidos con nosotros.
Leonardo Padura hace un bello retrato de estos perros en su libro El hombre que amaba a los perros:
"Cuando levanté la mirada, vi a los perros, [...] los primeros galgos rusos, los cotizados borzois.[...] En la luz difusa de la tarde de primavera los galgos parecían perfectos, sin duda bellísimos, enormes, mientras corrían por la orilla del mar, provocando explosiones de agua con sus patas largas y pesadas. Me admiré con el brillo de las pelambres blancas [...] y con el filo de los hocicos, dotados de unas mandíbulas -según la literatura canina- capaces de quebrar el fémur de un lobo."