La trampa de las etiquetas en la educación canina
Los seres humanos tenemos una curiosa necesidad de pertenecer.
Nos identificamos con ideas políticas, equipos de fútbol, corrientes filosóficas o estilos de vida…
Las etiquetas nos ayudan a orientarnos en un mundo complejo, nos permiten encontrar personas que piensan como nosotros y sentir que no estamos solos.
El problema aparece cuando dejamos de utilizar las etiquetas como mapas y empezamos a utilizarlas como fronteras.
Y, supongo que como en otros ámbitos, en el mundo de la educación canina sucede constantemente.
Cuando una familia busca ayuda para mejorar la convivencia con su perro, es lógico que quiera encontrar un profesional cuyos valores estén alineados con los suyos. Si alguien rechaza el uso de castigos físicos o intimidatorios, por poner un ejemplo muy claro, difícilmente confiará en un profesional que los considere herramientas válidas de trabajo.
Hasta aquí todo parece sencillo y muy evidente…
Sin embargo, basta pasar un tiempo dentro del sector para descubrir que las etiquetas pesan mucho más de lo que cabría esperar.
Adiestramiento.
Educación en positivo.
Conductismo.
Educación respetuosa/amable.
Modificación de conducta.
Especialista en comportamiento.
Cada término parece definir una forma distinta de entender al perro. Y, en ocasiones, da la impresión de que cada grupo dedica más energía a diferenciarse de los demás que a preguntarse qué puede aprender de ellos.
He transitado por distintas formas de entender la educación canina a lo largo de mi trayectoria. Y, con los años, he llegado a una conclusión que hoy me resulta difícil cuestionar: es necesario comprender primero para intervenir.
Antes de preguntarnos cómo cambiar una conducta, deberíamos preguntarnos qué sentido tiene para el perro, por qué necesita llevarla a cabo. Antes de enseñar, corregir o entrenar, deberíamos intentar comprender qué está sintiendo, qué necesita y cómo está viviendo la situación.
Pero eso no significa renunciar a otras herramientas, sino decidir desde dónde las utilizamos. Tener siempre presente que el objetivo no es que un perro encaje dentro de nuestras expectativas, sino ayudarle a estar mejor en el mundo que compartimos con él.
Quizás la verdadera trampa de las etiquetas resida en que, al mismo tiempo que nos ayudan a orientarnos y nos ofrecen respuestas rápidas, pueden impedirnos seguir explorando, aprendiendo y revisando nuestras propias certezas.
Los perros, afortunadamente, no entienden de corrientes, metodologías ni debates profesionales. Cada uno llega con su propia historia, sus emociones, sus necesidades y su forma particular de relacionarse con el mundo.
Tal vez nuestra responsabilidad no sea defender una etiqueta, sino mantener la curiosidad suficiente para seguir aprendiendo y la humildad necesaria para reconocer que ninguna etiqueta puede contener toda la complejidad de un ser vivo.